- La verdad me da muchísima pena tener que hacer lo que hago pero pues no he podido encontrar otras oportunidades y desafortunadamente la necesidad que tengo es tanta que me toco hacer esto. Soy de un pueblo pequeño, cerca de Cúcuta a las orillas del rio pamplonita. Tengo 59 años y la verdad es la primera vez que vengo a la capital. Es una ciudad bella, pero es bastante grande y ya me he perdido un par de veces. A mi edad, perderse es algo relativamente habitual.
El pobre señor tenía toda la pinta de campesino. Cargaba un delgado bastón de bambú, una maleta desgastada color tierra, tenia ojos cafés que en realidad parecían blancos por las cataratas y una incapacidad de sostener la mirada con su público. No era claro si era incapaz de mirar a las personas porque tenía una excesiva pena o porque estaba mintiendo pero en todo caso sus movimientos lentos y torpes, sus manos callosas y su pelo grasoso y gris no dejaban en duda que no tenía mucho dinero y que en realidad hacia esto por necesidad.
- Un día como cualquier otro descubrí que habían degollado a mi hijo y lo habían dejado en una bolsa de basura. Él tenía 39 años y tres hijos, de 4, 10 y 11 años que son como mis hijos ahora. Desafortunadamente, la guerra nos saco de nuestras casas ya que no queríamos que nadie más de nuestra familia muriera. Ha sido muy difícil venir a esta gran ciudad, el viaje es largo y a veces cuando no hay para las flotas toca caminar mucho.
Lo fastidioso de estas interacciones es que siempre salen con los mismos cliches, “Soy desplazado blablablá, me mataron un hijo blablablá y ahora vine a Bogotá y no consigo trabajo”, y no solo eso sino que estas babosadas se repiten en todos los medios de comunicación, en las noticias, en el cine, en la literatura en el imaginario colectivo. Es una desgracia en realidad subirse a los buses, pagar el pasaje completo, no como los ñeros que se suben por mil por la puerta de atrás y huelen a cebolla, o tienen un montón de paquetes que debería ser ilegal su entrada, o todavía peor, tienen un niño que se cree muy curioso y empieza a hacer ruido que ningún audífono logra difuminar.
- No siendo más quiero comentarles que hace poco logré meter a mis niñas a un colegio público pero empezaron a tener problemas porque los profesores se dieron cuenta que llegaban a clase con el uniforme todo sucio. Cuando mis hijas al fin dijeron que lo que pasaba era que eran desplazadas y dormían en cajas de cartón y se cubrían con bolsas de basura, gracias a mi Dios, el rector y en general los profesores del colegio y la junta de padres nos regalaron unas cobijitas para que se nos quitara el frio por las noches. Ha sido muy duro, y la verdad necesito ayuda pues no tengo a quien acudir en esta gran ciudad y me gustaría poder seguir pagando el arriendo en el que estoy ahora porque vivir en la calle sí es muy duro.
Como siempre e igual que todas las personas que se suben a pedir en los buses hoy en día con sus malditos discursos del desplazamiento este cucho también creía en Dios. Dios, Dios, dios, otro común denominador entre los pobres es que siempre creen en Dios, no hay ni un pobre ateo, pero tampoco hay ningún pobre que crea que merece la vida que tiene porque Dios se la dio así. Y en realidad ¿Qué es un desplazado? Hasta donde yo sé la gente siempre se ha desplazado pero ahora esta gente se apropió de la palabra desplazamiento. Y sí, son desplazados, y no tienen plata, pero cuando hay futbol ahí sí hay plata pal guaro y hasta para fufas de vez en cuando, en serio que fastidio que tengan unos estándares morales de pecado y culpa, y al mismo tiempo sean capaces de ignorarlos. Si yo fuera religioso por lo menos intentaría seguir mi doctrina, pero igualmente no soy nada pero soy mejor persona que muchos rezanderos por ahí, sí, de eso estoy seguro. La verdad es que es fastidioso que esta gente se suba a los buses pero eso lo sé porque soy muy racional, no porque soy mala persona. Ser mala persona sería decirles que se bajen y no molest…..
- Señor, por favor discúlpeme si lo he molestado, no ha sido mi intención, que tenga un buen día -
dijo el anciano mientras que levemente tocaba mi hombro.
Estaba tan consumido que había ignorado por completo el discurso del anciano, y fue ahí, cuando me tocó, que aquel ser fantástico que asimilaba al maestro rochi versión colombiana y campesina dejó de ser otra estadística y otro número. En realidad no es que importe si es desplazado, y no, no tengo ninguna solución, ni crítica, ni opinión frente al desplazamiento. Mas bien tengo críticas frente a las actitudes que son aplaudidas y las que son reprimidas en una sociedad tan “folclórica” como la nuestra. Pero este pobre hombre, cansado, anciano e intimidado, frente a aquel público tan irrelevante demostraba la humildad y al mismo tiempo la virtud. Al final de cuentas le di 500 pesos pues parecía que en realidad era pobre.
Sonó el timbre del bus cerca de la estación de transmilenio de la universidad nacional (la excusa que tenemos en vez de metro en Bogotá). El anciano se bajó. Me paré, puesto que vivo cerca a la universidad y estaba empezando a llenarse el bus. Levanté mi cabeza y me encontré con un par de miradas recriminatorias, como si me estuvieran juzgando por lo que el señor me había dicho hace unos minutos. ¿Y yo qué culpa tengo que el señor me haya pedido disculpas por haberme incomodado? Además, sí le di dinero. Miré a la gente en el autobús, me di cuenta que todos estaban en sus teléfonos celulares, parecía un rebaño de ovejas entrenado para aceptar las cosas sin pensarlas dos veces, sin criticarlas, sin entenderlas. Timbré y me bajé del bus. Me gusta bajarme cuando el bus todavía está en movimiento pues me impulsa para empezar a caminar rápido, caminar lento no me gusta mucho. Al bajarme me llego un mensaje de texto así que saque mi celular y revise el mensaje. Como soy prepobre era un mensaje spam de Comcel que decía alguna estupidez que simplemente borre. Guarde mi celular de nuevo en el bolsillo y me di cuenta que la vida es muy difícil, que había gente como el anciano de hace unos minutos que en realidad necesitaba una moneda que jóvenes egoístas como yo se la negaban, y me di cuenta que era una mierda, repitiendo el mismo ciclo de intolerancia y cinismo que afectaba a los demás.
Pero así, así justamente era feliz.